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Cuando el malo nos cae bien: ¿por qué terminamos del lado del villano?

Durante décadas, el villano fue un recurso simple. Aparecía para generar conflicto y desaparecía al final, derrotado y sin demasiadas preguntas. Era el “otro”, el que había que eliminar para que el orden regresara. Hoy, ese esquema ya no funciona igual.

El cine y las series actuales se toman el tiempo de explicar a sus antagonistas. Les dan pasado, contexto y contradicciones. El resultado es inevitable: cuando entendemos de dónde viene un personaje, la distancia emocional se acorta.

La clave está en cómo se cuentan sus orígenes. Cuando el espectador conoce el abandono que marcó a Joker, la humillación que empuja a Walter White o la rabia social detrás de ciertos personajes como Tyler Durden o V de Vendetta, la distancia se reduce. No se trata de justificar la violencia, sino de entender de dónde nace.

A esto se suma la ambigüedad moral. En muchas historias modernas, el sistema que rodea a los personajes es injusto, corrupto o indiferente. Frente a eso, el villano suele ser quien se rebela, aunque lo haga de forma extrema. Su violencia señala fallas reales, y eso incomoda.

Hay, además, una identificación emocional profunda. El villano expresa frustraciones que la mayoría aprende a ocultar: rabia acumulada, sensación de fracaso, deseo de control. Verlas en pantalla permite explorarlas sin consecuencias reales.

El carisma termina de sellar la conexión. Cuando el relato gira alrededor del antagonista, cuando lo escuchamos pensar y justificar sus actos, se crea un vínculo. El espectador acompaña el proceso, incluso sabiendo que el camino es oscuro.

La narrativa también ha cambiado. Ya no se trata solo de ganar o perder, sino de entender. Las historias apuestan por personajes complejos porque reflejan una realidad donde nadie es completamente bueno o malo todo el tiempo.

Empatizar con villanos no significa celebrar la violencia ni justificar el daño. Significa aceptar que las fronteras morales son más frágiles de lo que solían parecer. Que cualquiera, bajo ciertas condiciones, podría cruzarlas.

Al final, que el malo nos caiga bien dice menos sobre nuestros valores y más sobre las historias que consumimos. Relatos que prefieren incomodar antes que tranquilizar, y que nos obligan a mirar de frente esas zonas grises que durante años la ficción prefirió esconder.

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