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China busca llegar a la Luna antes de 2030

China. – Cuando Yang Liwei regresó a la Tierra en octubre de 2003, después de permanecer 21 horas en órbita, China consiguió un lugar entre las naciones capaces de enviar seres humanos al espacio mediante tecnología propia. Hasta entonces, ese grupo estaba integrado únicamente por Estados Unidos y la Unión Soviética.

Más de dos décadas después, aquel acontecimiento parece apenas el inicio de una carrera mucho mayor. China no sólo mantiene una estación espacial permanente, sino que también ha conseguido traer muestras de la cara oculta de la Luna, desarrolla misiones de exploración planetaria y tiene previsto enviar astronautas al satélite natural antes de 2030.

El avance ha sido acelerado. En aproximadamente tres décadas, el gigante asiático pasó de ser un participante emergente a convertirse en uno de los principales competidores de Estados Unidos en materia espacial.

Por ello, especialistas consideran que la discusión ya no se centra únicamente en si China alcanzará a Estados Unidos, sino en qué campos podría incluso superar a la potencia estadunidense.

La actual rivalidad espacial recuerda a la protagonizada por Washington y Moscú durante la Guerra Fría. Sin embargo, en el escenario contemporáneo, China y Estados Unidos compiten por una posición que va mucho más allá de la exploración científica: el espacio representa también una herramienta económica, tecnológica y geopolítica.

El programa espacial chino comenzó formalmente en 1956, durante el gobierno de Mao Zedong, apenas siete años después de la instauración de la República Popular China. En sus primeros años, el proyecto avanzó lentamente debido a las limitaciones económicas y tecnológicas del país.

La exploración espacial formó parte de la estrategia de modernización impulsada por el Gobierno chino, que buscaba transformar una nación predominantemente rural mediante el desarrollo científico y tecnológico.

La historia de este programa suele compararse con la Larga Marcha, episodio fundamental de la Revolución China. Así como aquel movimiento militar permitió al Ejército Rojo reagruparse y continuar su lucha, el desarrollo de la industria espacial representó para China un largo proceso de construcción tecnológica. Incluso sus cohetes fueron bautizados con ese nombre.

En esta transformación destacó el científico Qian Xuesen (1911-2009), considerado uno de los padres de la industria espacial china.

Qian estudió ingeniería mecánica en Shanghái y posteriormente obtuvo una beca para especializarse en ingeniería aeronáutica en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Más tarde trabajó en el Laboratorio Aeronáutico Guggenheim del Instituto Tecnológico de California (Caltech), donde sus investigaciones contribuyeron al desarrollo del primer cohete estadunidense de combustible sólido lanzado al espacio.

Sin embargo, durante la Guerra Fría fue acusado por autoridades estadunidenses de ser un “comunista peligroso” y sospechoso de espionaje. Fue detenido durante varios días y finalmente expulsado de Estados Unidos en 1955.

Qian regresó a China y, cuando le preguntaron si su país podría desarrollar sus propias misiones espaciales, respondió: “¿Por qué no podríamos tenerlas?”

En 1956 asumió el liderazgo del recién creado Instituto de Investigación de Misiles y Cohetes. Sus aportaciones serían fundamentales para el desarrollo de la industria aeroespacial china y, años después, sería reconocido como uno de sus principales impulsores.

En la provincia de Heilongjiang, al noreste de China y cerca de la frontera con Rusia, se encuentra Harbin, ciudad considerada uno de los principales puntos de origen del desarrollo espacial chino.

Ahí se encuentra el Instituto Tecnológico de Harbin, fundado en 1920 y convertido en uno de los centros académicos fundamentales para el desarrollo científico y tecnológico del país.

La institución fue pionera en la creación de una escuela de astronautas en China y participó en la construcción del primer satélite del país. También desarrolló experimentos de mantenimiento robótico en el espacio, impulsó la robótica espacial y ha formado a más de 400 mil profesionales a lo largo de su historia.

Durante un recorrido de medios de comunicación latinoamericanos por el Museo Aeroespacial del instituto, el profesor Wang Ruowei explicó que durante la década de 1960 China todavía no contaba con la tecnología necesaria para competir en la exploración espacial.

El trabajo de los primeros científicos, encabezados por Qian Xuesen, permitió que el panorama comenzara a cambiar.

En 1970, China lanzó el Dong Fang Hong-1, su primer satélite, y se convirtió en el quinto país en alcanzar el espacio mediante tecnología propia, después de Estados Unidos, la Unión Soviética, Japón y Francia.

El desarrollo del sector tomó mayor velocidad a partir de la década de 1990. Uno de los momentos decisivos fue la aprobación, en 1992, del Proyecto 921, diseñado para establecer un programa nacional de vuelos espaciales tripulados.

A partir de entonces, el crecimiento de la industria fue prácticamente constante.

En el año 2000, la Administración Espacial Nacional de China publicó un Libro Blanco sobre su política espacial, en el que estableció la exploración del espacio como parte de la estrategia nacional de desarrollo.

El documento también destacó la exploración pacífica, la independencia tecnológica, la concentración de recursos en proyectos estratégicos y la búsqueda de avances mediante inversiones relativamente limitadas.

Tres años después llegó uno de los momentos más importantes: Yang Liwei se convirtió en el primer ciudadano chino enviado al espacio.

Una diferencia importante respecto al modelo estadunidense es que China trabaja mediante planes quinquenales y objetivos de largo plazo, mientras que los programas de la NASA están más sujetos a ciclos presupuestales y cambios políticos.

Esa continuidad ha permitido mantener inversiones durante décadas. Estimaciones recientes sitúan el gasto anual chino en su programa espacial entre 14 mil y 20 mil millones de dólares, mientras que Estados Unidos destinó alrededor de 80 mil millones de dólares al sector espacial durante 2024.

El presidente Xi Jinping ha señalado en diferentes ocasiones que la exploración espacial forma parte de la estrategia china para consolidarse como una potencia científica y tecnológica.

Uno de los mayores logros llegó en 2022, cuando China concluyó la construcción de Tiangong, una estación espacial permanente que se convirtió en una de las dos únicas estaciones de este tipo actualmente operativas.

En ella se desarrollan investigaciones relacionadas con biología espacial, medicina, física de microgravedad, nuevos materiales y astronomía, entre otras áreas.

El programa de exploración también ha ampliado sus objetivos.

En 2020, la misión Chang’e-5 logró recoger mil 731 gramos de muestras de la superficie lunar. Cuatro años después, la Chang’e-6 consiguió aterrizar en la cara oculta de la Luna y obtener material de una región que había permanecido prácticamente inexplorada.

La misión marcó otro avance significativo para el programa espacial chino.

De acuerdo con el profesor Wang, las muestras obtenidas por Chang’e-5 despertaron interés entre científicos de diferentes países. China ha comenzado a permitir que investigadores extranjeros puedan acceder a parte de ese material para realizar estudios en sus propios laboratorios.

Por su parte, la misión Tianwen-1 consiguió en 2021 enviar imágenes de Marte y consolidó el avance chino en la exploración planetaria.

China ya tiene nuevos objetivos en la mira: aumentar el ritmo de lanzamientos, ampliar los experimentos científicos realizados desde Tiangong, desarrollar cohetes reutilizables y continuar con la misión Tianwen-2, cuyo objetivo contempla obtener muestras de un asteroide.

Pero el desafío más importante llegará antes de 2030.

China pretende enviar astronautas a la Luna, mientras Estados Unidos también trabaja en su propio regreso tripulado al satélite.

La nueva carrera espacial ya no enfrenta a Washington contra Moscú. Ahora, las dos mayores economías del planeta vuelven a mirar hacia la Luna.

Y esta vez, la disputa no sólo será por llegar primero: quien domine el espacio tendrá también una ventaja científica, tecnológica, económica y geopolítica sobre la Tierra.

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