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¿Valió la pena esperar 20 años? así regresa El diablo viste a la moda

Después de veinte años, Miranda Priestley volvió a la pantalla grande. Y sí, sigue imponiendo silencio con una mirada. Pero esta vez no solo enfrenta asistentes agotadas o juntas imposibles: ahora compite contra algo mucho más complejo… la velocidad de la era digital.

Este 29 de abril llegó el preestreno de El diablo viste a la moda 2, secuela de uno de los títulos más recordados de los años 2000. La película original, estrenada en 2006, convirtió a Miranda en un símbolo de poder dentro de la industria editorial y a Andy Sachs en el reflejo de quienes intentan sobrevivir en mundos que parecen no quererlos.

Un regreso que entiende que la nostalgia no basta

La nueva entrega apuesta por reencontrarse con personajes más maduros, más estratégicos y marcados por el paso del tiempo. Ya no se trata solo de escalar posiciones o elegir entre carrera y vida personal. Ahora la pregunta es otra: ¿cómo sobrevive una industria hecha para imprimir tendencias en un mundo que consume todo en segundos?

Ese es, probablemente, el mayor acierto de la secuela. La película entiende que repetir la fórmula exacta de 2006 no era suficiente. Por eso traslada el conflicto al presente: revistas en crisis, marcas redefiniendo poder e influencia, y figuras tradicionales intentando no volverse irrelevantes.

Miranda sigue siendo Miranda… pero el entorno cambió

El personaje mantiene su esencia: fría, brillante, incómodamente precisa. Miranda no necesita reinventarse porque representa algo más grande que una editora; representa una forma de liderazgo que hoy también se cuestiona.

Ahora no solo debe tomar decisiones editoriales perfectas, también moverse en un entorno laboral donde el trato al personal, la cultura corporativa y los abusos de poder están bajo mayor escrutinio. Esa tensión entre autoridad clásica y nuevas reglas laborales le da una dimensión más actual al personaje.

Y ahí la cinta encuentra capas interesantes: verla operar en tiempos donde el mando ya no se ejerce igual resulta más atractivo que cualquier desfile.

¿Y la moda?

Sí hay glamour, sí hay buenos momentos visuales, pero aquí aparece una de las críticas más repetidas entre fans: faltó riesgo.

Especialmente con Emily, quien en la primera película se convirtió en referente absoluto de estilo. En esta secuela conserva sofisticación, pero algunos looks se sienten más correctos que memorables. Para una saga que convirtió el vestuario en narrativa, eso pesa más de lo que parece.

Un origen que vuelve a dar de qué hablar

No sobra recordar que estas películas parten de la novela de Lauren Weisberger, exasistente en Vogue, y desde hace años se ha especulado que la historia se inspiró en su experiencia junto a Anna Wintour.

Las teorías revivieron recientemente cuando Leslie Fremar, estilista y figura cercana a esa etapa, declaró en el podcast The Run-Through with Vogue: “Yo soy Emily”, alimentando de nuevo el mito detrás de la ficción.

¿Vale la pena?

Sí, especialmente si creciste con la original. Pero conviene entrar con expectativas correctas: no busca superar el fenómeno de 2006, sino dialogar con él.

El diablo viste a la moda 2 funciona mejor cuando deja de mirar al pasado y se pregunta cómo luce el poder en 2026. Tiene frases filosas, momentos disfrutables y una idea central bastante vigente: en la moda, como en los medios, cambiar ya no es opción… es supervivencia.

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